Fideo en madeja
Mi informe de prácticas profesionales de la Universidad de Guadalajara. ¡Muchas gracias a todos los que estuvieron ahí!
A PROPÓSITO DE UNA PELÍCULA QUE NO HE VISTO
Con el cigarro es diferente. Aunque no me considero una fumadora compulsiva ni tengo un elaborado discurso sobre lo mucho que me molesta no poder fumar en lugares públicos, digamos que mi adicción al tabaco es más o menos consistente. Puedo pasar varios días, incluso semanas cuando visito a mis padres, sin tener que encender un cigarrillo, pero por alguna razón, pareciera que mi presencia va implícitamente ligada a este producto. Muchas personas con las que he trabajado dejaron de fumar cuando renuncié o me expulsaron, y ahora, cada que me ven se les antoja un cigarro. Me declaré fumadora antes de probar el tabaco, fue cuando un amigo me presentó, en forma, al compositor, cantante, actor, maniático sexual, genio de la chanson française y novelista, Serge Gainsbourg. Me prestó un VHS “para ver si así se te quita lo pendeja”, me dijo. El común denominador de los videos era la mala calidad de la cinta, senos hiperbólicos acompañados de bellísimos rostros hentai y mucho humo que revestía a un tipo horrendo. A mi amigo siempre le agradecí su empirismo hacia mi persona y, aunque nunca me graduó de su tutelaje, siguió alentándome para comprender las letras de Gainsbourg. Además de lo incomprensibles y divertidas que me resultaban, la devoción que ese orejón profesaba al tabaco me trastornó, así que un día le robé un cigarro a mi mamá, lo encendí y vomité. Me sentí feliz. A partir de entonces me hice francófila, y luego ya no. Pero siempre que hay ocasión de evocar a ese “cabeza de repollo”, como Serge se hacía llamar, no la dejo ir. Éste es el caso: llegó el biopic Gainsbourg. A Heroic Life, dirigida por Joann Sfar. Mi comportamiento habitual ante este tipo de novedades siempre viene disfrazado de una holgazanería faldera que aún no logro controlar: no he visto la película. Sin embargo, el trailer ya dejó serias marcas en mis accesorios respiratorios porque, a pesar de que me resulta inevitable fumar cuando escucho “Je t’aime, moi non plus” (aunque sea en los últimos acordes de “¿Sabes de qué tengo ganas?”, de Isela Vega), el hecho de ver a Serge Gainsbourg o alguna representación de él en pantalla, expone las rebeliones más sofisticadas de mis esfínteres. Me mortifico porque esa pieza audiovisual tenga que acabar en algún momento. La mayoría de los personajes de la película (y de la vida de Gainsbourg) aún siguen vivos. No sé si a Brigitte Bardot, Anna Karina, Jane Birkin y su hija Charlotte les importará verse reflejadas en lo que promete ser una esplendorosa versión. Tal vez sean como muchos franceses que recuerdan a Gainsbourg como un viejito impotente que olía feo. O tal vez no. En todo caso, supongo que a él le habría atormentado mucho más tener que ver su película en una sala de cine “libre de humo”. Nunca fui buena para los delicados protocolos de las adicciones, pero frente a ésta, me paro con cierto decoro. De lo que estoy segura es que a mí no me queda otra opción que ver el trailer de nuevo y encender un cigarrillo más, hasta que llegue el momento de bajar la película de internet o acceder a una copia pirata para cantar con mi fiel cenicero a un lado, juntos. Letras: Xitlalitl Rodríguez Mendoza Pics acá: el gran GoogleSeguramente recuerdan la escena de Annie Hall en donde Woody Allen estornuda sobre cocaína. Cuando la vi, me sentí agradecida al saber que no era la única que rompía el fino croché del recreo farmacológico: soy la que tiró el único LSD que habríamos de compartir un grupo de amigos y yo, cuando Björk vino a México. Soy la que ha fumado la mejor salvia dos veces y ha soltado el humo antes de tiempo. La que se quemó con la pipa de vidrio y dejó caer el artefacto, rebosante de piedra y de ese sabor a delicioso plástico chamuscado.
El Mary Celeste…
De barcos fantasma y otras necesidades marinas
Picnic en un barco fantasma.
Gainsbourg: A heroic life
A propósito de una película que no he visto
Mi colaboración para la Revista diez4.com de Tijuana!
David Byrne: ciclista y compositor de ciudades

David Byrne. Diarios de bicicleta (Traducción: Marc Visplana). Sexto piso, México, 2011. 360 pp.
Hay estrellas de la música que prefieren los yates. Otras, helicópteros. Otras más preferirán una Lincoln limousine. Pero David Byrne, frontman del grupo de rock inglés The Talking Heads, prefiere por mucho la bicicleta y viene a México este julio para hablar sobre su pasión mecánica.
Olvídense de la bonanza petrolera que conquistó sus caminos en el bello trazo de Le Corbusier. Byrne recrimina a muchos de los grandes arquitectos que trazaron ciudades para los automóviles el hecho de que este medio de transporte sea la columna vertebral de la interacción urbanística. Byrne dice: “Creo que Le Corbusier, con todo y sus hermosas estructuras, dio a las ciudades una actitud que las enfrentó contra sus propios habitantes. Pero no tiene que ser así”.
Según el sitio oficial de Byrne (journal.davidbyrne.com), el músico visitará Guadalajara el 26 de julio y acudirá al Centro Cultural Roxy, y la Ciudad de México el 28 del mismo mes para asistir al Centro Cultural Tlatelolco en una gira llamada “Ciudades, bicicletas y el futuro de la movilidad”. Según la información disponible en el mismo sitio, en cada reunión se hace acompañar por una persona originaria de la ciudad en la que se encuentra, un urbanista que abogue por el uso de la bicicleta y que aporte nuevas ideas de transportación, y un historiador.
De esta manera, Byrne busca entablar un diálogo con el público y sus colegas de mesa, en donde se expongan las ideas viables “sobre cómo debería ser una ciudad” y aterrizarlo a las necesidades de cada ciudad en particular. Ninguna duda sobre algún reencuentro de Talking Heads será aceptada. Sin embargo, pueden escucharlos mientras pedalean rumbo a la charla con este genio contemporáneo.
El autor de canciones como “Psycho killer” narra, en su libro Bycicle diaries (Diarios de bicicleta), publicado en 2009 por Faber and Faber y, ahora en México, por la editorial Sexto piso, su experiencia en grandes capitales del mundo que ha recorrido montado en una bicicleta.
Este libro no deja de ser una clara apología para hacer a un lado a la industria del automóvil y asaltar el asfalto con dos ruedas y campanitas. Pero Byrne recurre a la mejor estrategia para este tipo de campaña: hace a un lado clichés que repiten los promotores de la bicicleta, como los beneficios para la salud y la no contaminación, y simplemente se remite a hablar de sus razones personales para pedalear. Puede desplazarse más rápido de un punto a otro, recorrer veredas escondidas que no son accesibles a los automóviles, tener contacto directo con los transeúntes y, por supuesto, disfrutar de las atracciones hermenéuticas como la reflexión, la contemplación y todo ese trampolín de ideas topless que ofrece el recorrido nocturno al volver a casa en bicicleta después de visitar a la novia, de alguna inauguración en cierta galería o de haber estado en un bar con los amigos.
Byrne reúne experiencias con artistas y músicos que ha conocido en ciudades como Berlín, Estambul, Nueva York, Manila, Londres, San Francisco y Buenos Aires, y a través de éstas hace un mapeo desde el punto de vista paisajístico y emocional de su experiencia en conglomeraciones urbanas alrededor del mundo. “No creo que mi vida personal sea única o interesante. Como sea, encontré que el diario o la bitácora eran una gran forma de tratar de expresar y articular pensamientos, sentimientos e ideas —muchas de las cuales ocurrieron mientras viajaba, que muy a menudo era andando en bicicleta”. A partir de esta declaración, el también compositor y artista británico se lanza a escribir y a desdoblar una geografía del arte, la música y la gente.
Muy a su manera, Byrne convierte a la bicicleta en un vehículo de su relato. Al igual que W.G. Sebald en Los anillos de Saturno (referencia indispensable para el cantante de “Burning down the house”), encuentra una riqueza narrativa entre fotografías de museos, obras de arte, así como en el hecho de transcribir conversaciones que mantuvo con amigos sobre cualquier tópico que les pareció interesante mientras cenaban o tomaban cerveza. Como el “problema” de la belleza, por poner un ejemplo.
Como si el libro fuese también un terreno que se recorre, en la edición de Faber and Faber hay una pequeña bicicleta en el margen inferior de cada página que —a modo de flipbook— se mueve según avanza la lectura.
Bicycle diaries cuenta, además, con varios diseños del propio David Byrne —quien también es artista visual— para ciclopuertos, consejos de seguridad, y se adentra, de la mejor manera, en el escalofriante mundo de los cascos y la vestimenta para ciclistas. En todos esos campos sale bien librado.
Este texto apareció publicado en el suplemento “Laberinto” de Milenio Diario y se encuentra en este link: http://impreso.milenio.com/node/8996989
