Fideo en madeja

Aug 30

Sobre la melancolía de los redactores de notas internacionales

 

A Sergio Ernesto Ríos 

por haber leído este texto desde Melmac

…¿quién ha visto que se anuncie en los periódicos
la boda de un sastre o el nacimiento de su primer hijo?

Charles Lamb, Sobre la melancolía de los sastres

Entre la fauna que respira -a veces con más dificultad que otras- en las oficinas de un periódico, se encuentran los redactores de la sección internacional. Sin contar a algunos editores de este nicho que dominan magistralmente el báculo del criterio editorial y que saben interpretar a la perfección el rumor informativo, el resto de los copistas no son más que pequeños organismos pilosos.

Estos personajes son más bien del orden necesario pero nunca indispensable. Son uno de los primeros eslabones de la cadena alimenticia dominada por los directivos, esos mamíferos serenos de colmillos que -de tan grandes- en ocasiones ya están atrofiados. O dominada por vaya uno a saber qué negros filamentos en el tejido de la noticia, sus hechores y consumidores.

Los redactores transcriben con sus débiles extremidades nombres de países que están a punto de desaparecer. Declaran, afirman, señalan, ajustan, subrayan, anuncian, denuncian, exigen, convocan, niegan, incendian, explotan, rescatan y acicalan la sintaxis de cada uno de los acontecimientos que habrán de aparecer en el primer plano del espectáculo; todo desde una sillita y lejos de la feroz intemperie a la que están expuestos los más comprometidos.

Sin embargo, intentan avanzar con el conjunto; reniegan de la injusticia y sus muros, de los niños soldado, del atroz lengüetazo del océano, reconocen los rasgos aprendidos del enemigo en turno y no cuentan muertos sino muertitos. Desde la comodidad de una imaginación domesticada por el trabajo de corresponsales y periodistas del frente, los redactores tienen, como acto más radical preguntarse por qué -incluso fuera de la ortopedia editorial del diario- escriben “Irak” o “Iraq” en lugar de “Irac”, como la lógica del castellano pondría sobre la mesa.

Luego de cortarse el apetito con una o dos imágenes de algún destino improbable para la esperanza de la humanidad, llegan a casa para releer, por cuarta o quinta vez, Sobre la melancolía de los sastres, se amoratan las rodillas intentando humillar al gato y sueñan que usan en Twitter lenguas aglutinantes que no conocen.