El dealer también viste a la moda
Mi dispensadora de ropa es un extraño caso de humanidad resguardada. Pareciera que la esperanza echó en ella un esfuerzo genético para conservar su especie. Todo lo que Cncpcn distribuye, una vez que ha propinado costuras, dobleces y reparaciones según las necesidades anímicas de la prenda en cuestión, se convierte en una especie de Caronte que rema en sentido contrario: trae asfódelos olvidados en alguna balsa recién desocupada, hacia la celebratoria vertical de un arnés y un gancho de ropa. Lejos de la estridente pretensión por lo vintage*, el oficio de Cncpcn se concentra en el rescate de las cosas perdidas. ¿Algunas vez, de pequeños, se preguntaron en dónde había quedado esa pulsera de plástico rellena de diamantina que –con quirúrgica precaución– habían robado a sus menstruantes hermanas? De seguro, midealer de ropa la tiene a su disposición. ¿Y esa blusa desgastada con la que sus madres vistieron cada uno de sus seis embarazos? Seguramente ahora aparece en MySpace, modelado por una jovencita talla cero que estudia artes visuales en Guadalajara. En manos de Cncpcn, cada vestido renuncia a su vocación de producto de línea para convertirse en un contenedor de la experiencia: alguien lo usó y lo desechó, alguien murió en él, alguien más vertió la sopa sobre el sombrío tejido del poliéster mientras le pegaba a su hijo, alguien vomitó en esa Polo, alguien más disimuló su pene con la incondicional ayuda de los pastelones. El discurso de Cncpcn está hecho con aguja e hilo. Ella, como tantos otros que cuentan las migas de pan que traen en los bolsillos mientras caminan, es una enciclopedista de los despojos. Con esa narrativa de retazos, de fragmentos, lo manda a uno tan contento a su trabajo; tan idiotamente solitario en un traje que antes vistió a la abuela más anciana, pestilente y cariñosa. El rumor de la maquila y el calor de doscientas veintiséis manos taiwanesas ya no son suficientes para cubrirnos; buscamos reconfortar nuestro gastado sentido de la compañía con espejos enmohecidos en cocheras. Avanzamos en círculo con dos o tres recuerdos girando en nuestra redonda, fosilizada nostalgia por el petróleo; como sobre un disco de vinil. En su ensayo En defensa de lo usado (mi ejemplar salió de Donceles), Salvador Novo afirma: “Sin saberlo, sin advertirlo, anticuarios y compradores de objetos de segunda mano se la estrechan en la búsqueda de una huella humana que está ausente de los productos mecánicos nuevos, pero presente ya, tibia, familiar y satisfactoria, en los usados”. Así, la tradición literaria también ejerce sus sortilegios en el gusto por reutilizar el lenguaje: transcribir, para mí, está tres rayitas más arriba que una buena fiesta con tres rayitas. Luego de haber metido esta cita sin más pertinencia que mis ganas de reproducirla, me despido porque Cncpcn se encuentra en la ciudad. *Como este vocablo todavía no es aceptado por el DRAE y ya estoy muy cansada para explicar que dicha palabra se refiere al hecho de readaptar artículos cuyos lustros se cuentan por capas de moho, para luego someterlos al servicio de nuestras necesidades más déspotas, citaré la definición de Wikipedia: “es el término tomado del inglés para designar cualquier objeto antiguo, de diseño artístico y una factura de calidad”.