Los doce trabajos del editor I / La tinta roja es un mito

Todas estas metáforas en bolas agradece infinitamente a Víctor Muñoz por la ilustración.
“Editar es como lavar ajeno”, dijo mi amigo Jorge Orendáin yseguramente después le dio un trago a su tequila. Así como la tarea de deterger y secar prendas sin que éstas se arruinen tiene un elaborado proceso que no todos logramos comprender (no porque no lo hagamos sino porque, cada que lo hacemos, terminamos estropeando la ropa); la labor del editor se trata, básicamente, de manufacturar el orden y presentación de textos. 1
Alguien lo piensa. Si esa persona no es uno de esos genios que incluso con una apoplejía o ceguera levantan torres desde donde se pueden ver los robledales del lenguaje, también lo escribe. Una vez que borró, alargó frases, puso título, pensó en el significado de la vida, cambió título y se fumó un cigarro; envía el texto a la tutela del editor. Este personaje, que en algunos casos preferirá ropa oscura (en otros, no) leerá el texto y farfullará para sí con cierto rigor: “sujeto, verbo, predicado” mientras marca con lápiz o esquiva cachos de enunciados en la peligrosa carretera del procesador de textos. En ningún momento usará tinta roja. Por duro que parezca, el líquido carmín se ha devaluado.
Algunos pueden argüir que Pavlov, en alguno de sus ejercicios con bebés y peluches, extravió este color en la angustia más arraigada de las generaciones venideras. Otros dirán que se debe a que las palabras conductismo y comunismo se parecen. Tal vez fue porque la UNESCO desacreditó a los profesores que usaban tinta roja para calificar su ineptitud en el deficiente desempeño de sus alumnos. O quizá se deba a la ajetreada labor de nuestro torrente sanguíneo que, cuando se asoma, es advertencia de muerte. Habrá millones de motivos más. Lo cierto es que, en estos tiempos, ya nadie marca con los tonos de la amapola.
Desconozco otros usos que pueda tener la tinta roja que no sean el de poner cruces, pero ya han pasado muchos años sin sentir los efectos de la toxina que provoca el cuerpo cuando uno ve “Cero” en un cuaderno cuadriculado. O en una prueba fina (ese espeluznante tabique que se envía a la imprenta y que, una vez entregado al impresor, hace a uno sentir como que acaba de apretar el botón rojo que permanecía resguardado en alguna central nuclear del Pentágono y portaba la leyenda: “No oprimir hasta el año 5029”). Por supuesto que luego he vibrado con otras sustancias asociadas al fracaso; la fisiología del error libera los fluidos más caudalosos del ser humano.
Actualmente se corrige a lápiz. En los procesadores de texto hay herramientas para destacar con colores o subrayado. Uno puede usar cualquiera que elija –el rojo incluido, por supuesto- pero se entiende que no es perdurable. Un sencillo Cntrl-Z llenará ese vacío existencial causado por la posibilidad de equivocarse.
Así como uno de los trabajos de Heracles era robar el ganado de Gerión, (Gerión era un monstruo todo en él era rojo, 2 dice la poeta Anne Carson); una de las tareas del editor es arrear esa manada de faltas, dedazos, pequeñas distracciones sin nombre que rumian en el campo de la confusión; y esparcirlas (en realidad buscar eliminarlas pero esto, se sabe, es inútil).
Una vez que las manchas se han difuminado y que la idea ha quedado clara, el editor seca sus manos y se tiende al sol para encogerse.
1 Con textos debe entenderse también música, video y cualquier soporte que contenga una idea, aunque estedealer nomás atenderá a los textos escritos, ya que es lo que mejor sabe contrabandear.
2 Carson, Anne. Autobiografía de Rojo. Trad. Tedi López Mills, Calamus, México, 2009.