Fideo en madeja

Oct 10

Sobre tendederos

A la chingada con las secadoras. De ropa. Los tiempos de los bodegones se quedaron en el ebúrneo resplandor de la madera, cuando los árboles todavía eran punto de referencia geográfica o del pensamiento, y la naturaleza muerta permanece en el otoño de los museos. Nos quedan pocos paisajes para practicar el triple salto mortal del asombro. Uno de ellos son los tendederos. Calzones, brasieres, calcetines, medias, blusas, vestidos, con flores o sin ellas; sudaderas, pantalones, camisas, faldas, cierres y botones ondeando entre las estaciones y sus frases sueltas. Sábanas, cobijas. De rayas negras y blancas. De deslavado azul que no es cielo. De amarillo, morado, de la sangre que es café y jamás roja. En balcones, azoteas, en pequeños compartimentos de alambre instalados entre un sillón roto y la plantas de sombra.

Esta pared de transparencias (la luz es la única que no se contiene entre la tela), es uno de mis lugares comunes favoritos. En el basurero de mi memoria, recuerdo varias escenas de películas en donde sábanas colgadas hacen la función de anunciadoras mesiánicas de un acontecimiento importante. Una de ellas es en It(Eso) cuando el payaso creado por Stephen King aparece con sus desmejoradas heridas entre las sábanas para despedazar a una pequeñita que juega en su triciclo. De la otra no estoy segura, pero creo ver el rostro de Steve Buscemi cantando frente a una niña rubia algo así como “él tiene al mundo, él tiene al mundo en sus manos”, por lo que supongo que será un recuerdo de una película doblada en canal 5, tal vez en 1996. Pero yo sé que ya era 1999. Con AirRiesgo en el aire, el buen gusto magistralmente sodomizado y, en estos días, un placer nada culpable.

Pero bueno, hablábamos de los calzoncillos y de lo difícil que resulta evadir los guiños biográficos de los mecates. O de los cables, o barditas o cualquier soporte que tenga sobre sí prendas mojadas. Tamaños, tipos de tela, estampados y cortes se despliegan como el alfabeto más preciso. Al diablo con las ínfulas de erotismo que le adjudicamos a la ropa interior. Los tendederos valen por su paciencia; por la generosidad de soportar banderas y harapos de cualquier clase; no reparan ante el peso de un objeto ajeno al campo semántico (¿cuántas monedas no se habrán secado, olvidadas y ocultas, en un vestido de algodón?). Los tendederos nos enseñan a esperar y, a veces, a voltear hacia arriba. Junto a los postes de teléfono y cables de luz, hay que conservarlos.


  1. bislexia posted this