Lentes nuevos y Juan Gelman
Si alguna vez he dudado de mi conformidad con el hecho de ser persona y no una molécula de polietileno, es cuando llega el momento de comprar zapatos. Si caros o baratos, lisos o de tacón, si negros o rojos. Una joda. Y bueno, ¿quién disfruta comprando cepillos de dientes o accesorios para limpiar la mierda del gato? (Aún así debo confesar que hasta en ese tipo de situaciones me dejo llevar por algún distintivo que apele a mi gusto: la palita para recoger la caca de mi gata Sinalefa, es de color azul, uno de mis favoritos).
En general, me pone ansiosa gastar el dinero en objetos inquietantemente necesarios, pero comprar anteojos me desquicia. Sobre todo si la causa por la que hay que adquirirlos es oscura y sinuosa, como cuando uno despierta, el primer día de su año número 29, y escucha que una voz familiar dice algo así como “te tengo una mala noticia: anoche se quebraron tus lentes”.
Por razones obvias no justificaré mi amnesia (cada cumpleaños, las cantidades de alcohol injeridas toman ínfulas conmemorativas que despiertan todo el etilo que ha pasado por nuestro cuerpo), pero la inexplicable pérdida cortó de tajo la identidad con la que, desde hacía unos cinco años, tenía una tregua que me permitía salir a la calle.
Al igual que a mis nueve años, cuando empecé a usar lentes, me daba pena ir al trabajo sin el armatoste que normalmente cubre el rostro; ya sabía lo que vendría: “¿estás enferma?”, “¿lloraste?”, “te ves mejor con lentes”, “¿no dormiste bien?”, “estuvo buena la fiesta”, “¿te cortaste el pelo?”…
Pero ¿qué diablos? Me sentía envalentonada y con ganas de tomarme una pastilla morada sin preguntar lo que era. Fui al centro y compré las gafas más cerdas que encontré. Gordas y vistosas. Negras. A partir de ahora, todo que viera, nuevo o conocido, pasaría por el filtro de esos barrotes sólidos y oscuros.
Para mi fortuna, lo primero que vi fue a Juan Gelman. El poeta. El premio Cervantes. El candidato al Nobel más guapo. El argentino y el exiliado. El viejito. Luego de seguirlo dos cuadras, lo vi entrar al Superama de la Condesa. Saludó a los chicos de la farmacia y caminó hacia el pasillo de la izquierda. Me acerqué, dejé escapar un ridículo agradecimiento y estreché su mano. Sus ojos eran enormes y no era efecto de mis dioptrías. Me preguntó alguna de esas cosas mundanas que preguntan los iluminados para devolvernos el habla. Yo empecé a chillar y me fui corriendo.
Ya más calmada, crucé el Parque México en mi bici, sin lucecitas traseras porque se las robaron. “No pongas ante el ciego nada que lo haga tropezar. Tiene vergüenza de su causa y sólo busca un sitio bajo la vida oleosa, el ámbito rabioso o grasoso, para dar vueltas alrededor de un pozo palpitante. ¿Qué sacará de ahí, sino los nadies del jadeo? El ciego ha visto lo que no ocurrió. Tiene reversos de animal y suena contra cuerdas de la nada posible”.Nunca había recordado la primera vez que empañé unos lentes, pero dichosos los ojos que lo vieron.
Juan Gelman. “El ciego” en Pesar todo. Antología. FCE, México, 2001.