Fideo en madeja

Nov 22

Vine a Tijuana porque me dijeron que aquí vivía

La palabra globo jamás había alcanzado una connotación tan eficaz como cuando la escuche en Ensenada. Ni globo, ni gota, ni pipa. Ni hielo. Ni ice. Creo que pocas experiencias disfruto tanto como las que me llevan a ver campos semánticos tuneados, que lejos de cualquier prestidigitación muestran descaradamente las acrobacias de nuevos significados que vuelan en los mismos significantes: palabras forajidas. La jerga de algunas drogas es un gran ejemplo.

Pues uno de estos productos que provoca oh, caos, terror, destrucción en este país ya destruido, me tiró por una de esas ventanas que el lenguaje tiene reservadas. De la mano de ciertos artefactos, me entregué a mi investigación de campo. Las pipas de vidrio se convirtieron, en los últimos diez días, en uno de mis juguetes hermenéuticos favoritos: hacen girar el humo que se levanta en ellas y luego, todo lo que está en el exterior.

“El ice no es para todos” me dijo una chica sentada al otro extremo del sofá, en la terraza. Veinte metros después estaba el mar. Evidentemente no es para todos, yo sentía que el hemisferio derecho de mi cabeza estaba cubierto por papel de estaño crash, crash, crash, y mi cuerpo estaba marcado por hematomas de diferentes tonos y tamaños. Resultaba divertido contarlos. Luego de Rivotril que funcionó como ancla en esa situación completamente nueva, estaba flotando en sauce y hablaba con Alicia (metafórica y literalmente) sobre hacer una firma de ropa usada intervenida por nosotras mismas. Esas ganas de trazar líneas en los mapas sin darnos cuenta de que hemos llegado.

Luego me fui a Tijuana.

Supongo que cuando uno viaja a paraísos posmodernos es porque la devastación ya ha fundado ciudades enteras en nuestro interior: la memoria es un tramo de asfalto erosionado por un viaje circular e interminable y los vicios son un sistema que alumbra cada una de nuestros callejones.

No era la sensación que provoca La Habana de estar en un lugar que dejó de existir hace mucho tiempo, o Nueva York, que es como salir en todas las películas que has visto. Tijuana es como un lugar en donde has vivido siempre; como el cuarto de los tiliches al que siempre temiste en la infancia y que un buen día llegas a desalojar y encuentras en él el polvo azufrado de los pequeños tesoros: una máscara de tela negra y una corbata, un cigarrillo, un carrito azul, un Playmovil muerto en la nieve, un castillo de plástico, un quinqué.

Agradezco infinitamente a todos los virgilios que me condujeron entre los débiles desechos que quedan en la playa cuando se retira la marea. De esa línea he vuelto sin habla. Yo traía un costal de adjetivos para hablar de Tijuana, pero seguramente lo cambié por un globo.


  1. bislexia posted this