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Dec 24

Inmersión Gamoneda o postales del fin del mundo

Si algún día veo a alguien corriendo desnudo por un prado, con una venda negra en los ojos, gritando: “Vi las bestias expulsadas del corazón de mi madre”*;sabré, sin duda, que acaba de leer a Antonio Gamoneda.

No. Es un mal comienzo. Es decir, ése es un pensamiento reciclado. Ya otras veces he fantaseado con correr encuerada y atravesar el Parque México gritando: “¡Buenos días tristeza!”, pero Paul Éluard sigue en mi librero con las piernas extendidas y descansando su nuca en las palmas de sus manos. Y yo sigo en la tarea de averiguar cómo diablos empezar a escribir sobre algo que me ha afectado tanto. Tal vez debería de dejar este texto y dedicarme a hilvanar las improbables visiones de mi nueva y disipada vida: rutas de agua subterránea en donde crecen lirios paralelos a la iluminación peninsular, o del peso de las rocas bajo la transparente profundidad del calcio vencido. O de bagres, camarones invisibles y libélulas moradas.

Pero, por el momento y debido a mi reciente (re)lectura del poeta español, cualquier lugar al que acuda será terreno de Antonio Gamoneda. Los semáforos, los insectos, la ciudad encallada en el detrimento de nuestra especie son sus dominios. Así que voy a dejar de chuparme el pulgar en el piso del baño mientras el agua salobre moja mis enmarañados cabellos, y a asomarme al fin del mundo tomada de su mano. (¿Se puede decir “tomar de la mano” a la acción de ser arrojada sin más pábulo que un empujón sobre la espalda a tres centímetros del abismo? Estoy segura de que, con agua o sin ella, sola o acompañada, la sima será recorrido).

Volver. Vuelvo a Gamoneda. A la lujosa edición de Arden las pérdidas. Lujosa por el hecho de que Tusquets Editores no la trae a México. Habrá otras editoriales y obra suya en internet. Por ahí la había leído cuando relacionaba su nombre directamente con el sonido centelleante del metal contra el piso: “Hay una música en mí, esto es cierto, y todavía me pregunto qué significa este placer sin esperanza. Hay música ante el abismo, sí, y, más lejos, otra vez la campana de la nieve y, aún, mi olvido ávido sobre el caldero de las penas”. Tal vez pronto regrese un poco de esa generosidad por las mismas vías.

Por el momento me doy cuenta de que toda lectura de su obra, es, aunque sea un primer acercamiento, una relectura. Quizá porque nos recuerda el momento exacto cuando la luz hirió por primera vez nuestras pupilas con el escalpelo del nacimiento: “He tirado al abismo el hueso de la misericordia; no es necesario cuando el dolor es parte de la serenidad, pero la lucidez trabaja en mí como un alcohol enloquecido”.

Sin embargo para Gamoneda, incluso el dolor es una bestia domesticada porque muestra las danzas endogámicas de la incertidumbre (¿a veces no es esto la tristeza en topless?): “¿Y esto es la vida? No lo sé. Se extingue como los círculos del agua. ¿Qué hacer entonces, indecisos entre la agonía y la serenidad? No sé. Descanso / en la ignorancia fría”.

Y al final, el último zumbido mueve nuestra muñeca emancipada por completo de una voluntad propia: con Gamoneda, la necesidad de transcribir se vuelve como un vehículo indispensable para aprehender un instante. Si leemos el fin del mundo es probable que no esté pasando, cuando lo veamos y nuestra visión sea inasible es porque nosotros lo somos antes que el exterminio.

Gamoneda es un escalón para sí mismo. Repite sus estructuras sin repetir el significado. Avanza. En una pequeña nota al final del libro citado, advierte: “No me interesa averiguar cuándo estos (poemas) comportan reescritura y cuándo podrían entenderse como escritura simultánea. Prefiero, simplemente, advertir que la reiteración aparece porque la necesito”.

De esta manera, Gamoneda legitima nuestra necesidad de lectura, relectura y transcripción. Un memorama de postales. Postales del fin del mundo.

*Todas las citas (los entrecomillados), salvo la de Paul Éluard, son del libro Arden las pérdidas, de Antonio Gamoneda, editado por Tusquets Editores en 2006.


  1. bislexia posted this