Fideo en madeja

Dec 25

Miren lo que les trajo el Niño Dios

No hay nada que alimente mejor el espíritu de la navidad que encontrar a un radical muerto en la nieve. Sobre todo si es también poeta, bandido, errante y está chalado, como Robert Walser. Leerlo es una forma de encontrarlo. Este escritor suizo tuvo, como pocos, la virtud de escribir su muerte; murió de frío el 25 de diciembre de 1956. Mi padre tenía tres años. 

Supongo que Walser, al igual que Vallejo, conjuró su muerte a través de la escritura. Es en su novela Los hermanos Tanner donde un poeta se acurruca entre abetos, en el bosque, y muere a merced de la nieve. Si quieren leer más sobre la vida del maestro de Kafka, pueden leer Mecanismos internos de J.M. Coetzee, en donde el sudafricano ensaya sobre varios escritores, entre ellos Walser. Y claro lean su obra que, en español, es por demás inaccesible ya que está editada en la editorial de hermosos y costosísimos libros Siruela.

Por mi parte, sólo quiero retribuir mínimamente a la generosidad de Atah que me regaló El bandido, la última novela de Walser antes de que dejara la escritura. Así que aquí les dejo un pequeño presente. A todos los obsesivos que no puedan continuar su vida luego de leer solamente un pedacito, sepan que el fragmento que pongo a continuación es el principio de la novela. Que ustedes completen esta experiencia literaria ya es, como decía mi abuela, tarea de Dios. O de estos dealers si reciben un escáner de los Reyes Magos. Sea:

            

Edith lo ama. Luego volveremos sobre ello. Tal vez no tendría que haber trabado relación con ese inútil sin dinero. Parece que ella le envía delegadas o, cómo decirlo, mediadoras. Amigas así tiene él en todas partes, pero nunca ocurre nada serio y aún menos con la famosa historia de los cien francos. En una ocasión puso por pura condescendencia, por filantropía cien mi marcos en manos de otros. Si le toman el pelo él se suma al cachondeo. Con eso bastaría para encontrarlo realmente sospechoso. No tiene un solo amigo. Durante «todo este tiempo» que lleva entre nosotros, no ha logrado, para su contento, ganarse el aprecio del mundo masculino. ¿Acaso no es esto una prueba de la mayor y más grave falta de talento que uno pueda imaginarse? Hace ya tiempo que sus buenas maneras «crispaban los nervios» de mucha gente. Y esta muchacha, la pobre Edith, lo ama, mientras él sale todas las noches, a eso de las nueve y media, y porque aún hace calor, a tomar un baño. Lo hace por mi culpa, pero sin rechistar. Uno se ha esforzado lo indecible para crearlo. ¿Acaso cree este peruano, o lo que sea, que puede hacerlo él solito? «¿Qué hay?» Así es como las chicas del pueblo se dirigen a él, y él -¡ay, Dios mío!-, que parece idiota, cree que este modo que tienen las muchachas de preguntarle qué quiere es encantador. Hace tiempo que lo tratan, acá y allá, como a un auténtico desecho, y para colmo él se alegra. Le observan como si fueran a exclamar: «Para variar, ese tipo imposible vuelve a merodear por ahí. ¡Oh, qué pesado!». Le divierte que lo miren con ojos huraños. Hoy ha llovido un poquito, de modo que ella lo ama. Le cogió cariño casi desde el primer momento, aunque a él le pareciera inconcebible. Y ahora esa viuda que ha muerto por su culpa. Volveremos sin lugar a dudas sobre esta mujer relativamente honesta que tenía una tienda en una de nuestras calles. Nuestra ciudad guarda un parecido con un gran corte, tan unidas se encuentran sus partes. De eso también hablaremos. De todos modos seré breve. Estén convencidos de que únicamente les contaré cosas de buen todo. Y es que me tengo por un escritor distinguido, lo que tal vez sea muy insensato por mi parte. Quizá se cuelen también ciertas cosas de menos distinción. Así pues, con los cien francos no ocurrió nada en absoluto. ¿Cómo se puede se tan prosaico como este individuo de humor incorregible, que ve cómo las muchachas que llevan hermosos delantales le dicen con sólo verlo: «Y ahora éste. Lo que faltaba»? Estas expresiones, naturalmente le hacen estremecerse ante su propia persona, pero siempre acaba por olvidarlo todo. Sólo un inútil como él es capaz de dejar escapar tantas cosas importantes, bellas y útiles de su cabeza. Estar sin blanca es el sino de un inútil. En una ocasión estaba sentado en un banco, en el bosque. ¿Cuándo fue? Las mujeres de la alta sociedad lo juzgan con más indulgencia. ¿Será porque advierten que es un caradura? Y que le den la mano directores. ¿No es acaso muy curioso? ¿A un bandido como él?*

           

 

*Walser, Robert. El bandido. Trad. Juan de la Sola Llovet. Editorial Siruela. España: 2004. pp. 11-12.


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