Evguénie Sokolov, el último atentado de Gainsbourg
Lucien Ginsburg (Francia, 1926), mejor conocido como Serge Gainsbourg, quería -por sobre todas las cosas- ser pintor pero fue -por sobre todas las cosas-, un artista radical y obscenamente iluminado. Si hiciéramos un recuento de los daños que el compositor francés propinó a las buenas maneras, el resultado quedaría en números rojos: compró la Marsellesa e hizo su versión en reggae, quemó un billete de 500 francos en televisión abierta y también utilizó la plataforma de rayos catódicos para decirle a Withney Houston: “I want to fuck you”… Para nuestro regocijo, la industria musical no fue el único nicho del arte que Gainsbourg vandalizó.
Antes de ser uno de los más iniciadores de la chanson française que trabajó al lado de Boris Viann y que descubrió cimas y simas del amor con mujeres como Brigitte Bardot y Jane Birkin; Gainsbourg fue pintor. Luego de una breve estancia en la Academie Montmartre y de un destino que él mismo se marcó (“Seré Courbet o no seré nada”, según dijo) Gainsourg destruyó su trabajo plástico y se dedicó a la música. Su obsesión por el sexo, las mujeres, el alcohol, el tabaco fueron la gama de su arte. También hizo algunas incursiones en el cine.
Sin embargo, no pudo mantenerse alejado de la literatura. Evguénie Sokolov. Un cuento parabólico (Antonio Machado Libros, 2008) es, por decirlo de algún modo, la última acción de un kamikazee. Después de eso, todo son clavos volando por los aires, vidrios incrustados en ojos absortos, trozos de carne liberados en el cielo limpio de un caluroso mediodía…
Evguénie Sokolov, el personaje que recibe al lector desde la primera página con la abigarrada y fétida atmósfera que permanecerá a lo largo del texto, es un pintor marcado por un trágico destino, dejemos que él mismo lo explique: “Si me atengo a mi más vacilante memoria, me temo que desde mi más tierna infancia tuve el don natural, qué digo, el inicuo infortunio de ventearme sin parar”.
A través de una prosa tensa, como escrita por un hombre con cabeza de col (así se describía Gainsbourg a sí mismo), Sokolov nos lleva difícilmente entre un espeso bosque donde florecen los más variados sinónimos y analogías de los pedos que, según Guillermo López Gallegos, traductor y prologuista de Evguénie Sokolov…, son una metáfora de la fealdad física que Gainsbourg padeció y celebró.
El ingenio de Sokolov derivará en los mecanismos más rigurosos para esconder y reprimir su incómoda naturaleza. Sin embargo, una vez acorralado por la opresiva realidad, se convierte en un enfant terrible del pretencioso mundo del arte. Gracias a su periotoneo, Sokolov logra posicionarse en el mainstream de la pintura y sus afamados “gasogramas” (dibujos que partían de cada impulso intestinal del autor) y asumirse como “líder de las filas de los hiperabstractos”. Así acude Sokolov a las diligencias del arte hasta que se enamora de la pequeña Abigail, una preadolescente sorda que lo llevará a otro campo de batalla: el del amor.
Con una sintaxis saturada, barroca y petulante, como todo lo que hacía Gainsbourg, sobre todo durante los últimos años de su vida (murió en 1991), Evguénie Sokolov publicada por primera vez en 1980 por la editorial Gallimard, es uno de los últimos golpes que el fumador de Gitanes asestó contra una institución: en este caso se burla sardónicamente del mundo del arte y por qué no, de la deliciosa tradición literaria francesa. El libro tuvo una pésima recepción por parte de la crítica. Finalmente, al ser éste un relato en cierto modo autobiográfico, también propinó un duro golpe contra sí mismo que ya para ese entonces, Gainsbourg se había convertido en una institución del ridículo. Esto coloca al lector frente a un acto desatentado, absolutamente radical y, por lo tanto, de lo más efectivos.
Uno de los comentarios favorables hacia Evguénie Sokolov viene del gran músico John Zorn quien admitió: “Nunca he leído nada igual. Evguénie Sokolov le dará escalofríos. Le dará risa. Es probable que también le dé asco. La visión de Gainsbourg es única: auténtica y convulsiva. Pero no olvide taparse la nariz”.
La lectura de este libro resulta repulsiva, pero la tarea para los lectores radicales es terminarlo una vez que hemos empezado a leer. No se van a arrepentir.
