Fideo en madeja

Feb 16

Sinalefa, Somewhere

Resulta extraño encontrar el momento justo en el que alguien decide sentarse a leer en la banca de un parque o de cualquier subterfugio verde en la ciudad. Pareciera que esas personas siempre están leyendo sentadas a la intemperie, acurrucadas como pichones en las orillas de sus pétreos asientos, recibiendo las hojas de los árboles sobre sus hombros y antebrazos, con sus pies atentos para esquivar el camino de las cucarachas. Resulta más extraño aún cuando el individuo en cuestión abre el libro sin separador, revisa el índice y se instala cómodamente en las primeras páginas. Luego de unos minutos una risa breve y espontánea forcejea con su serio rostro, como si acabara de leer algo así: “Prefiero muchas cosas a jugar con las cartas, señor Hurst –respondió Elizabeth-. Como por ejemplo la sensación de un cuchillo recién afilado al hundirse en el abultado vientre de un hombre”. 1

Cuando vemos esto, sabemos que es hora de pedir tres deseos. El nuestro, ya no es el tiempo en el que se apreciaba un colibrí en los cables de teléfono cada martes por la tarde. No, no, no; hay que buscar todos los rescoldos posibles de las probabilidades cósmicas para conjurar las venturas más forzadas. Pues bien, luego de tan afortunada visión y ya que los designios de mi voluntad no obtuvieron mayor éxito, supongo que puedo denunciarlos: pedí que el pleito marital que crecía tan rojo y saludable como una buganvilia, se incendiara hasta dejar sus cenizas en el recogedor; que mi gatita Sinalefa -Gato, como le llamo de cariño- volviera a casa, y que Somewhere, la última película de Sofia Coppola fuera tan buena como las anteriores. A decir verdad, en este último fui menos ambiciosa: pedí que fuera buena. Sinceramente, pedí que me diera las herramientas suficientes para combatir la feroz crítica de aquellos quienes han odiado el cine de esta lúcida cineasta, como las han dado sus trabajos anteriores.

Y me rendí. Ellos ganan. Mi sistema de defensa a esta realizadora italiana quedó apaleado, derrotado y convertido en lodo para que hocen los cerdos. Por otro lado, debo agradecer que esta película haya reafirmado mi versada sapiencia sobre la trayectoria de Sofia Coppola: hace cine de viejas. Y me encanta. Fuera del Jonnhy, el personaje principal (un blandengue e insipiente actor de Hollywood), de sus insoportables planos contemplativos consistentes en un bólido negro y brillante dando vueltas en una pista, de Jonnhy fumando, del mismo bólido negro y brillante dando vueltas en una pista, de Jonnhy fumando, del mismo bólido… el personaje secundario, Cloe, la hija adolescente de este deslavado ser, es un verdadero templo de antorchas encendidas para adorar a Artemisa.

Elle Fanning (Cloe) baila, patina, muestra sus púberes nalguitas en un leotardo con lentejuelas, ilumina con sus ojos azules el fondo de una alberca. Es como todos esos majestuosos santuarios de belleza que Sofia Coppola ha levantado como Scarlett Johansson y Kirsten Dunst. Incluso las escenas de strip-tease que correrían el riesgo de ser burdas, anodinas y vulgares, son gráciles, divertidas y simétricamente espléndidas.
Su padre, Francis Ford Coppola sabe contar historias de sicilianos con un ingenio brutal, hay quienes cuentan historias de gatos y otros más que escriben sobre drogas y alcohol. Sofia Coppola sabe contar historias de mujeres. Sin ser cursi, ni impostada, ni con deudas hacia una política estrógena, ella alza la mano y puede darse el lujo de hacer un videoclip de dos horas sin que merecer reproches bien fundados.

Lamentablemente, éste no fue el caso. En casa habitan las paredes interiores y Sinalefa sigue somewhere.
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1 Jane Austen y Seth Grahame-Smith, Orgullo y Prejuicio y Zombis, Umbriel Editores, España, 2009. p. 41.


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