La poesía en tiempos del desastre / I
La condición humana ha sufrido un nuevo revés ante las estocadas del destino. A pesar de que no soy yo la que está buscando los restos de mis familiares y amigos entre las nuevas playas de Fukushima, al este de Japón, que dejó el terremoto y posterior tsunami, siento cómo nuestra cuota de destrucción y muerte pasa frente a nuestros ojos. Al menos diez mil personas murieron por efectos de la devastación. Enseguida recordamos el sismo que azotó este país en 1923 y que vimos abrir el hueco gris que había dejado en la historia nipona. Hace un par de días encontré en un blog varios dibujos y grabados que se realizaron entonces y que, además de ser piezas de una belleza acumulada y de una técnica precisa e infalible, funcionaban como agentes noticiosos. Por medio de estas pequeñas postales, el mundo vio los rostros del dolor, la pérdida y la estampida del planeta sobre sus jinetes. Estos no son buenos tiempos, y no sé si los hubo algún día o si sólo se trata de una herramienta retórica de la nostalgia. A esta trágica manifestación del planeta, se adhieren pequeñas rocas desprendidas que transitan nuestros días para unirnos, al menos de manera íntima –pero siempre verdadera– a las grandes pérdidas y escollos del ser, entre ellos a la incertidumbre. La semana pasada, el diario estadunidense The New York Times, anunció que dejará de ofrecer su servicio gratuito en línea y empezará a cobrar, cosa que es bastante viable dada la peligrosísima situación financiera por la que atraviesa. Sin embargo, esa ruina aún no cobra su deuda. El diario publicó un texto que me pareció por demás oportuno, a pesar de que no crea que esta característica deba aplicarse a la literatura. Sobre todo si partimos de la idea de que la literatura es una circunstancia inoportuna del lenguaje; es, por decirlo de algún modo, el lenguaje en crisis. En The poetry of catastrophe (La poesía de la catástrofe), Sam Tanenhaus reflexiona sobre la función de la literatura, en particular de la poesía en estas sacudidas a la lógica formal. “La catástrofe es, en efecto, la condición del lenguaje, la condición de las ruinas del tiempo”, dice este texto que cita al filósofo Harold Bloom. Luego cita un fragmento del poema de T.S. Eliot, “Los hombres huecos”: Así es como el mundo acaba Así es como el mundo acaba Así es como el mundo acaba No con una explosión sino con un gemido. Para terminar su conmovedor ejercicio, Tanenhaus invita a los lectores a que recuerden poemas del desasosiego. Supongo que en el interminable espectáculo del fin del mundo, toda la poesía es del fin del mundo. Transcribo el poema “Y no importa que un vacío empiece a abrirse” del Premio Nobel Joseph Brodsky: Y no importa que un vacío empiece a abrirse de entre tus sentires, que tras la gris tristeza crepite el miedo y, digamos, un foso de furor. Porque en la era atómica, cuando tiembla hasta la roca, podremos sólo salvar los muros del hogar, los corazones, fundiéndolos con fuerza igual y nexo semejante a la muerte que los viene a acechar. Y temblarás al escuchar decir: «Querido».