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Apr 3

Tiempos de biblioteca

Hasta hace un par de días volví a ser usuario de una biblioteca pública. Se trata de la modesta colección Josefina Lara Valdez que se encuentra en la Casa Leonora Vicario, en el número 37 de la calle Brasil, en el Centro Histórico de la ciudad de México, y que es auspiciada por la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.

Durante los pocos meses que trabajé en la CNL, (y aquí va un quejoso y resentido reclamo por mi despido injustificado), fui un usuario regular de la colección, en parte por mi trabajo y, en mayor medida, por gusto.

Hacía casi cuatro años —desde que terminé la licenciatura— que no frecuentaba una biblioteca tanto como para enlistarme en el servicio de préstamo externo, pero con la de Josefina Lara Valdez sentía que volvía a los extensos telares de la lectura gratuita y que tiene, en la memoria y la transcripción, su tecnología más sofisticada.

A pesar de que este acervo está especializado en literatura mexicana hay algunos libros que no entran en esta categoría, como Dangling Man (El hombre en suspenso) de Saul Bellow. A través de la historia de este hombre diletante que vive en un semi abandono de su esposa, de sus amigos y de sí mismo, volví a experimentar la complicidad con este tipo de personajes que sólo se logra cuando uno se siente miserable.

Luego me echaron de mi empleo y tuve que entregar los libros que tenía en préstamo, no porque me lo hubieran exigido, sino porque no me daba la gana volver a ese pozo al que mi esperanza de supervivencia había lanzado una moneda. Sin mencionar el pésimo servicio de las bibliotecarias, cuyo trato al usuario parece más bien una patada en el trasero.

Tal vez ahora me inscribiré a la Biblioteca Vasconcelos o a la que está en la Ciudadela y es atendida por malencarados que también tratan al usuario de mequetrefe. (No lo digo porque yo no lo sea). O tal vez seguiré leyendo cómodamente en mi hogar libros comprados, prestados y documentos electrónicos.

Tras haber renunciado a mis beneficios de usuario, el último día de trabajo (en el cual también recibí mi último salario) decidí dirigirme al FCE en busca de algún libro que desafiara la dignidad de mi malherida economía. Y así fue: encontré un tercer tomo de la obra de Pablo Neruda en una edición argentina del ’93. En este libro, además de incluir libros indispensables de este autor en estos tiempos tan hecatómbicos como Fin de mundo,La barcarola, Una casa en la arena, etcétera, etcétera; también trae traducciones que el poeta chileno hizo de Marcel Schwob, Rainer Maria Rilke, Charles Baudelaire, James Joyce y William Blake… en fin, una pieza fundamental para mi aporreado espíritu.

Aunque las condiciones del ejemplar no eran óptimas ya que estaba sucio del canto, el lomo tenía tres fracturas y la portada tenía una orilla doblada; esos 900 gramos de felicidad costaban 497 pesos. Impagable. Sobre todo en mi flamante situación de desempleo. Pero lo quería a toda costa. Así que pensé que tal vez si alegaba el deterioro del libro me podrían hacer un descuento.

Ya otras veces había fracasado con este argumento, como cuando exigí una gran rebaja de los seis volúmenes del Diccionario etimológico de J. Corominas por tener el lomo arrancado: me mandaron al diablo. En su momento pensé que, después de todo, esa mancuerna de precios elevados y libreros desacomedidos son los quienes orquestan el maltrato de los libros, bla, bla, bla…

Tras unos cuarenta minutos de haber hojeado el libro y de haber leído versos como: “El barco camina en la noche sin pies resbalando / en el agua sin fondo ni forma, en la bóveda negra del mundo / en las pobres cabinas el hombre resuelve sus mínimas normas / la ropa, el reloj, la sortija, los libros sangrientos que lee:…” fui con el cajero y le expuse mi propósito. Preguntó al gerente de la sucursal y éste, cansado tal vez de una agotadora jornada, le dijo que podía hacerme el 30% de descuento.

Aunque la oferta no me convenía del todo, mi sensatez kamikaze me obligó a aceptar. Después de todo comer arroz durante varias semanas tiene que ser una interesante prueba de tolerancia. El cajero me preguntó si yo era estudiante de letras. Le dije que lo había sido, hace muchos años aunque mi apariencia raquítica me puso en absurda evidencia.

Pagué y salí de la librería, luego me metí a un café por Madero para abrir y explorar mi pequeño tesoro, como si develara el secreto de una envoltura de chicle perfectamente doblada sobre sí cientos de veces. En lo que ordené un viscoso jarabe que se vendía como té de durazno y saqué esas mil 200 páginas de la mochila, volví a sentir en mi rostro esa sonrisa conciliatoria que solía compartir con mis amigos, mis queridos pequeños pillos en la escuela en donde, por cierto, había una luminosa biblioteca.


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